
Reflexión sobre Marcos 2:19-20 que vincula a Jesús como el "Novio" con el Dios esposo del Antiguo Testamento. Explica que el ayuno cristiano no es vacío religioso, sino el lenguaje de amor de quien espera el regreso de una presencia ya conocida.
El 3 de enero estaba en Barranquilla, Colombia. Como es habitual, entré a la app de la Biblia para leer el versículo del día. Ese día me topé con Marcos 2:27 (BHTI), donde Jesús nos dice que las cosas creadas por Dios son para el gozo del ser humano, y no para que el ser humano viva para las cosas del mundo. Sin embargo, para entender bien este versículo, recuerdo que opté por leer el capítulo completo.
En el transcurrir de la lectura, Jesús curó a un paralítico en Cafarnaúm, llamó a Leví para que lo siguiera y luego habló sobre el ayuno a los fariseos, quienes cuestionaban el hecho de que sus discípulos no ayunaran. Jesús respondió algo que llamó profundamente mi atención; fue una lectura que me costó comprender:
Jesús les contestó: —¿Pueden acaso ayunar los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? En tanto tengan a su lado al novio, no tienen por qué ayunar. Ya llegará el momento en que les faltará el novio; entonces ayunarán. Marcos 2:19-20 (BHTI)
En su respuesta, Jesús menciona tres cosas que, a primera vista, parecen fuera de contexto:
Los invitados
Una boda
Un novio.
Sin embargo, todo cobra sentido si lo vemos desde el siguiente punto de vista:
Jesús se presenta a sí mismo como el novio. Esta imagen no es casual: en el Antiguo Testamento, Dios es revelado como el esposo de su pueblo (Isaías 54:5, BHTI). Al usar este lenguaje, Jesús se identifica implícitamente como Dios y como el Mesías esperado.
Pues tu esposo será tu Creador; su nombre es Señor del universo. Tu redentor será el Santo de Israel, llamado Dios de toda la tierra. Isaías 54:5 (BHTI)
El novio es Jesús, y la boda apunta a la relación entre Cristo y su Iglesia, aunque en este pasaje la boda aún no está consumada. No se trata todavía de las bodas finales del Cordero, sino del tiempo del desposorio, del inicio de una relación marcada por la cercanía, la gracia y el gozo.
Los discípulos son los invitados a esta celebración. Son los primeros en experimentar la presencia del Novio. Por eso Jesús afirma que no pueden ayunar mientras Él está con ellos: el ayuno es señal de duelo, espera o aflicción, pero la presencia del Novio transforma ese tiempo en fiesta.
Sin embargo, Jesús añade una frase decisiva:
Vendrán días cuando el novio les será quitado.
No dice simplemente que se irá, sino que será quitado, anticipando su muerte en la cruz. Luego vendrán la resurrección y su ascensión al Padre, y con ello la ausencia visible del Novio.
Es entonces cuando los discípulos ayunarán. No porque el gozo haya sido negado, sino porque ya lo conocieron. El ayuno cristiano nace del amor que espera, del anhelo por una Presencia probada y ahora no visible. No es vacío religioso, sino memoria y deseo.
Mientras el Novio estuvo presente, hubo fiesta. Cuando el Novio fue quitado, nació el ayuno como lenguaje del amor que espera su regreso.
